Aún cuando ha disminuido la incidencia de VIH a nivel mundial, la región de Latinoamérica ha mostrado un incremento en la incidencia en los últimos 13 años, agudizado por los efectos de la pandemia por COVID-19. En México, una de las problemáticas centrales ha sido el retroceso en el diagnóstico y referencia oportuna, no solo como consecuencia de la pandemia, sino de cambios estructurales en el sistema de salud, incluyendo los mecanismos de participación conjunta con la sociedad civil para contribuir con la detección a nivel comunitario.
La actualización de guías de prevención y tratamiento, la triple optimización en materia de insumos, y la disponibilidad de profilaxis pre y post exposición son avances relevantes en el país, pero son insuficientes ante la falta de comunicación abierta, de educación en salud y de capacitación del personal de salud de primer contacto, que impacta tanto a las denominadas poblaciones clave como a otros sectores que no se consideran de alto riesgo. En este sentido, para incrementar el número de personas usuarias de esta estrategia biomédica de prevención es la participación estructurada de la sociedad civil en este eslabón de la respuesta.
La población adolescente está viviendo un momento diferente en la construcción de sus identidades y vínculos sexoafectivos, evidenciando la necesidad de acciones diferenciadas y sensibles a las perspectivas de las juventudes. Por ejemplo, los adolescentes hombres que tienen sexo con hombres no necesariamente se identifican como población gay y se muestran distantes a las estrategias circunscritas a los movimientos LGBTTTIQ+, resultando en la falta de concientización sobre el riesgo y la prevención, el estigma y la desinformación.
Independientemente de la edad, los hombres que tienen sexo con hombres −que no manifiestan una identidad gay y que frecuentemente mantienen a la par relaciones con mujeres− comparten la falta de percepción sobre las posibilidades de transmisión y suelen llevar a cabo prácticas de riesgo en condiciones de clandestinidad, lo que aumenta su vulnerabilidad y la de sus parejas o contactos. También persisten las brechas en la detección en mujeres cis, acentuadas por la desvinculación de la respuesta al VIH del continuo de atención a la salud sexual o de otras detecciones rutinarias como la detección de cáncer cervicouterino.
Para el cumplimiento de las metas 2030, es indispensable reconocer que el VIH continúa siendo un problema de salud que requiere de visibilización en la agenda pública, con especial enfoque en la articulación intersectorial, el escalamiento de las estrategias de prevención y el diagnóstico temprano. Además de las estrategias dirigidas a las denominadas poblaciones clave, es necesaria la consolidación de acciones dirigidas a la población adolescente (en quienes se ha observado un incremento en la incidencia), a los hombres que tienen sexo con hombres y mujeres (en quienes es frecuente el diagnóstico tardío), y a las mujeres cisgénero; para incidir de manera positiva en su salud física y mental, así como en la carga al sistema de salud.